«Todo está listo, el agua, el sol y el barro, pero si falta usted no habrá milagro».- Joan Manuel Serrat

Cuando estoy viajando en parapente, la brisa toca mis mejillas y me siento liviana, como si dejara por un momento la mochila de la vida en la tierra y estoy solo conmigo; es en ese justo momento en el que estoy presente. Volar con el día muriendo y la noche naciendo es la sensación más hermosa que he podido sentir, y cada vez que vuelvo a subirme a las nubes es como si fuera la primera vez.

Recuerdo claramente el día que por primera vez me subí a esa gran cometa. Era un sábado gris, pero hacía buen clima para volar. Mi instructor me había dicho que llegara a las siete de la mañana a La Calera, un pueblo que queda muy cerca de Bogotá, en el departamento de Cundinamarca. Aquella mañana convencí a mi padre de acompañarme porque, al ser mi primer vuelo, estaba un poco ansiosa, así que él me acompañó sin dudarlo.

Tomamos mi automóvil y nos fuimos directo a esa montaña, desde donde se podía observar una gran vegetación y la represa de San Rafael.

 La mañana estaba un poco gris y durante el trayecto vi cómo la niebla nos envolvía, lo cual me generó un poco de ansiedad. Mientras yo, en silencio, observaba aquel panorama, mi padre me iba contando cómo se veía de hermosa la mañana en Chía y que, muy seguramente, el cielo se pondría azul. Yo lo miré de reojo —como pensando «no veo lo que tú estás viendo»—, pero no interrumpí su optimismo, y seguimos nuestro camino. Como mencioné anteriormente, estaba un poco nerviosa y nuestro recorrido desde Chía duró aproximadamente una hora hasta La Calera, lugar en el que se encontraba el instructor de parapente, con quien íbamos a subir la montaña desde donde nos lanzaríamos.

Fue entonces cuando vimos a Freddy, un paisa de esos que desde que sonríe se le nota en dónde nació, alegría que es muy característica en los antioqueños. No sé cuál fue la razón, pero en este instante mis nervios fueron disminuyendo. Nos saludó muy amablemente y, al subirse nuevamente a su camioneta, nos dijo que lo siguiéramos en nuestro carro. Por la ventana de su camioneta vi a su esposa y a su pequeña hija, quienes también volaban en parapente. Nuestro recorrido de ascenso fue de aproximadamente 20 minutos. Cuando llegamos el instructor me dio algunas recomendaciones, y en menos de quince minutos ya me estaba embarcando por primera vez en esta aventura por los cielos cundinamarqueses.Parapente Colombia

Luego de una corta carrera hacia el vacío, abrimos nuestras alas y empezamos a sobrevolar la represa de San Rafael, rodeada de valles y montañas. Arriba hacía mucho frío y se podía ver cómo por entre la niebla se asomaba el sol como saludando.

De un momento a otro dimos un giro inesperado para regresar a la base, y fue entonces cuando mi instructor me dijo: «Vamos a meditar en el cielo», y de inmediato comenzó a guiar aquella experiencia de meditación entre las nubes. Por primera vez en mi vida podía tocar las nubes, ver desde lo alto como las aves, escuchar el sonido del viento y ver la inmensidad de lo que nos rodea.

Poco a poco se fueron todos mis nervios, mis pensamientos quedaron en blanco y en ese instante pensé que mi vida dependía de esa cometa que la dirigía el viento, y un extraño que me invitaba a meditar en el aire. La conexión energética que te ofrece un momento así es único e inolvidable, donde puedes concentrar toda tu atención en que estás vivo. ¡Y en que puedes volar!

Después de tan maravillosa experiencia dimos otro giro rápidamente; el viento era muy fuerte y finalmente aterrizamos de nuevo y sin complicaciones en aquella montaña. Pero el viaje no terminó allí.

Le pregunté a mi padre si quería volar, y aunque yo pensaba que no se atrevería a subirse a una cometa, para mi sorpresa su respuesta fue un rotundo sí. Me quedé tan impresionada por su decisión que también me emocioné y, al mismo tiempo, me asusté, pues no quería que nada saliera mal.

Finalmente, después de las conocidas recomendaciones dadas por el instructor, mi papá también abrió sus alas y se lanzó a la aventura.

Y mientras se alejaban, vi cómo danzaban con el viento y cada vez se hacían más pequeños. Yo aún estaba perpleja por mi vuelo de hace solo unos instantes, ya que todavía podía sentir el arnés en mi cuerpo y esa sensación de haber tocado el cielo, y ahora ver a mi padre volando me mostró su alma libre, pues vi cómo abrió sus alas a la aventura, cómo se sintió libre por ese instante.

Porque la libertad no es perderse en lugares remotos, ni ir a contracorriente: la libertad es desapegarse de las ataduras impuestas por miedo a descubrir nuevos caminos. Y, sin dudarlo, puedo decir que el cielo está más cerca de lo que crees.

Ve con el viento…

 

Escrito Por : Natalie Rood

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