Milu

Nuestra MimiQuerida Milu.

O mejor dicho, como siempre te llamé: **Mimi, il mio amore**.

¿Sabes? El día que vi aquella fotografía tuya pensé inmediatamente que eras preciosa. Tenías una mirada tan inocente que ni siquiera parecías una perrita; parecías un pequeño oso polar. En ese instante supe que te quería en nuestra vida. Sin pensarlo demasiado enviamos nuestros documentos al canile para poder adoptarte. Eso fue en septiembre del año pasado.

Después supimos que tu viaje tendría que retrasarse y le preguntamos a Marianna, que tanto te cuidó, si podía quedarse contigo unos meses más mientras preparábamos la casa para recibirte. Nunca imaginamos todo lo que todavía tendrías que vivir antes de llegar.

En uno de esos meses te escapaste. Te rompiste la pata derecha y tu llegada se retrasó hasta febrero.

Lo siento mucho, mi amor. Lo siento porque tuviste que pasar por tantos caniles, por tantos cambios, por tanto miedo. Precisamente por eso quisimos darte un hogar. Un lugar donde, por fin, pudieras descansar.

Recuerdo el día que fuimos a recogerte al camión que te traía desde Basilicata. Paolo y yo llorábamos de camino. No puedo imaginar el miedo que debiste sentir durante aquel viaje tan largo, sin entender qué estaba ocurriendo.

Y entonces apareciste.

Eras inmensa.

Muchísimo más hermosa que en las fotografías.

Recuerdo perfectamente tu cara de desconcierto, tu ansiedad, tus ojos preguntándose qué estaba pasando. Llegaste a casa, viste aquella cama rosa que habíamos preparado para ti con una mantita y, como si hubieras esperado toda la vida por ese momento, entendiste que era tuya. Te tumbaste y te quedaste profundamente dormida. Estabas agotada.

Ese fue el primer momento en el que te amé.

Y Paolo también.

Aunque tú lo elegiste a él desde el primer día.

Siempre pensé que fue porque os parecíais mucho. Los dos tranquilos. Prudentes. Serenos. Os entendíais sin hablar. Veros juntos era una de las cosas más bonitas de mi vida.

También recuerdo que el primer día te hiciste pipí junto a la mesa del comedor. Me miraste completamente asustada, como esperando un grito. En ese instante entendí que probablemente alguien te había regañado demasiadas veces en el pasado. Así que no dije nada. Solo limpié el suelo y seguí hablándote con cariño.

Nunca quise que tuvieras miedo de nosotros.

La primera semana tuviste el estómago revuelto casi todos los días. Quizá por la ansiedad de un hogar nuevo. Nosotros, con toda nuestra inexperiencia, te dimos demasiados premios, demasiados huesos y demasiados mimos. Queríamos compensarte por todo lo que habías vivido.

Sin darte cuenta cambiaste nuestra vida.

Empezamos a salir tres veces al día solo por ti. Dábamos largos paseos para que no te estresaras.

Recuerdo que, al principio, cuando llegaban las seis de la tarde, te plantabas delante de nosotros mientras trabajábamos. Nos mordías los cables del ordenador o apoyabas tu hocico sobre nuestras manos para obligarnos a dejar de escribir.

Nos hacía muchísima gracia.

«Sí, Mimi… ya hemos entendido. Vamos a salir.»

Y entonces íbamos al parque, recogíamos agua con gas de la fuente y caminábamos durante horas.

Intentamos que jugaras con otros perros… aunque esa nunca fue tu especialidad. Les ladrabas a todos. Algunas veces incluso llegaste a morder a alguno y nosotros nos volvíamos locos intentando evitar problemas.

Tú simplemente eras tú.

También recuerdo cuando saludabas levantándote sobre dos patas. Poco a poco aprendiste que no podías hacerlo con todo el mundo… aunque de vez en cuando lo olvidabas y te lanzabas sobre Paolo para darle uno de tus abrazos gigantes.

Para todos eras Milu.

Para mí siempre fuiste Mimi.

Mi amore.

Con esa mirada tan limpia.

Tan noble.

Tan buena.

Me enseñaste tanto…

Me enseñaste a vivir el presente.

Me enseñaste que descansar también era importante.

Me enseñaste que, a veces, el camino correcto es simplemente el que uno siente en el corazón. Porque cuando tú querías ir hacia un sitio no había forma humana de convencerte de cambiar de dirección. Te sentabas, mirabas fijamente el lugar al que querías ir… y al final siempre terminábamos siguiéndote.

Eras paz.

Eras luz.

Eras amor.

Nunca conocí un perro tan sereno.

Nunca rompías cosas.

Nunca corrías por casa sin sentido.

Nunca buscabas hacer daño.

Siempre fuiste respetuosa.

Por eso muchas veces te llamaba nuestro ángel guardián.

Y cuánto amaste a Paolo…

Y cuánto te amó él.

Pero también me enseñaste otra cosa.

Me enseñaste cómo se ve el miedo desde fuera.

Cuando llegaban las tormentas, para ti no existía una simple lluvia. Tú sentías que el cielo se caía sobre el mundo. Yo podía abrazarte, hablarte, acariciarte y repetirte mil veces que no pasaba nada… pero tú ya no podías escucharme.

El miedo te había atrapado.

Corrías por la casa desesperada, respirando cada vez más rápido.

Y entonces me convertía en tu protectora.

Pasaba las noches despierta vigilándote para que no te ocurriera nada.

Dos noches antes de que te fueras ocurrió algo que nunca olvidaré.

De madrugada empezó a llover muy fuerte.

Escuché tus patas correr por toda la casa.

Te llamé.

«¿Qué pasa, Mimi? Ven aquí.»

Te subiste a la cama, mi gigante hermosa, ocupando casi todo el colchón.

Entonces vi el peligro.

Te acercaste demasiado a la ventana de nuestra habitación, intentando escapar de aquella lluvia que tanto miedo te daba.

Me levanté, cerré la ventana y puse mi mano entre tú y el vacío.

Me miraste.

Te tranquilizaste.

Y te dormiste.

Yo ya no pude volver a dormir.

Pensé durante horas que debíamos mantener siempre las ventanas cerradas.

Nunca imaginé que el peligro llegaría por otro lugar.

Mimi…

Contigo entendí muchas cosas sobre mí.

Llevo un año luchando contra mi salud mental. Contra la depresión. Contra la ansiedad. Contra los ataques de pánico. Contra miedos que antes no existían. La niebla. La oscuridad. La sensación de perder el control.

Cuando tengo un ataque de pánico, mi mente deja de funcionar. Todo se vuelve confuso.

Y al verte comprendí algo que jamás había conseguido explicar.

Pude ver desde fuera lo que hace el miedo.

Comprendí que, cuando el pánico toma el control, uno deja de ver la realidad.

Solo existe el deseo de escapar.

Durante mucho tiempo pensé que, si yo no lograba vencer mis propios miedos, mi historia podía terminar igual: cayendo al vacío por culpa de algo que mi mente me hacía creer.

Yo sigo aquí.

Pero a ti el miedo te ganó aquella batalla.

Y eso rompe mi corazón.

Tengo rabia.

Tengo culpa.

Tengo una tristeza inmensa.

No dejo de preguntarme por qué no cerré el balcón.

Pero también sé que, esta vez, yo no estaba contigo.

¿Cómo podía detenerte?

¿Cómo podía abrazarte?

¿Cómo podía decirte que estabas a salvo si no estaba allí?

Ojalá hubiera llegado a enseñarte completamente que aquella era tu casa.

Que ya no necesitabas escapar nunca más.

Nunca había sentido un amor tan profundo por un ser como el que sentí por ti.

Gracias por este tiempo.

Gracias por tu paciencia.

Gracias por tu dulzura.

Gracias por tu compañía.

Gracias por enseñarme que soy capaz de cuidar a otro ser sin esperar nada a cambio.

Gracias por mostrarme, a través del amor que sentías por Paolo, el hombre maravilloso con el que me casé.

Gracias por haber sido nuestra hija perruna.

Prometo honrar tu recuerdo.

Recordarte corriendo feliz por el prado.

Jugando en el agua.

Con esa sonrisa que yo siempre juraré que tenías.

Porque estoy convencida de que los perros también sonríen.

Espero, con todo mi corazón, que la oscuridad que tanto te asustaba haya desaparecido para siempre y que ahora solo exista luz.

Deseo que estés en paz.

Que seas libre.

Que ya no tengas miedo de la lluvia.

Que ya no tengas que huir nunca más.

Y cuando llegue el día en que volvamos a encontrarnos, quiero imaginar que correrás hacia nosotros como si no hubiera pasado el tiempo.

Te amaré toda mi vida.

Y si ese era el mensaje que venías a traerme, lo he recibido.

Si esa era la lección que debía aprender, intentaré honrarla.

Perdóname por no haber podido protegerte aquel sábado.

Lo siento con toda mi alma.

Te amo, Mimi.

Te amaré hasta el último día de mi vida.

Siempre serás **il mio amore**.

Escrito Por : Natalie Rood

Soy Natalie Rodd

Natalie Rodd es periodista de viajes, escritora y persona altamente sensible (PAS). Autora de los libros "En Busca del Unalome" y "La libertad de NO pertenecer", crea relatos e historias inspiradoras para personas altamente sensibles que quieren explorar el mundo interior y exterior. Desde su blog Cuentos de Viajes comparte reflexiones sobre alta sensibilidad, creatividad y la magia de viajar con ojos sensibles. Reside en España y forma a otras personas creativas a través de su Taller de Creatividad Digital.